Diario de una maestro
23 de septiembre de 1935
Timoteo se ríe, porque sabe que la maestra habla sinceramente, porque empieza también a sentir una gran simpática hacia aquella muchacha que sentía, como él, ganas de llorar cuando llegó a la escuela.
Bueno, así las cosas se simplifican. Seria tonto tener que pedirle perdón por lo de la pedrada, pero, la verdad, le estaba molestando ahora haberla tirado, y esto, la confesión de Irene, lo arregla todo.
Claro que también le hizo otra buena con lo del torro. No va a decirle ella que le hizo gracia…
Pues sí, lo dice. Irene Gal no deja un cabo suelto.
- Y lo del torro?... Le diré que pasé un susto…No había presenciado nunca esa escena. Bueno, me azoré un poco, esta es la verdad. Pero me reí después, al ver lo fácil que le era al diablo de Timoteo gobernar a los hombres de la aldea. Fue cuando me dije: Si Timoteo quiere que seamos amigos, él me ayudara a revolucionar un poco a este pueblo…
Y antes de que él pueda protestar u objetar algo:
- Temo que le demos al cura y a la señora Obaya más de un disgusto… Y no digamos a la señora Campa. Tanto peor para ellos si tropiezan con nosotros, verdad, Timoteo?... Pues entonces, venga esa mano!
Timoteo vacila un momento, solo un momento, antes de estrechar la mano de Irene.
Este es el comienzo de la amistad entre Irene y Timoteo. Ella le dijo la verdad sobre su primer día para que se entienda que ella tiene miedo. Trató de hacer que se sienta necesario y es posible que se deje de romper las ventanas.
Ashley- Me encanto esta parte del libro, porque yo creo que es el comienzo de la amistad entre Irene y Timoteo tambien! Muy bien trabajo
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