Monday, October 4, 2010

Los Trozos

Nada por Carmen Laforet
El principio del Capitulo III
Pgs. 33-34

-¿Has disfrutado, hijita? –me preguntó Angustias cuando, todavía deslumbradas, entrábamos en el piso de vuelta de la calle.
Mientras me hacía la pregunta, su mano derecha se clavaba en mi hombro y me atraía hacia ella. Cuando Angustias me abrazaba o me dirigía diminutivos tiernos, yo experimentaba dentro de mí la sensación de que algo iba torcido y mal en la marcha de las cosas. De que no era natural aquello. Sin embargo debería haberme acostumbrado, porque Angustias me abrazaba y me dirigía palabras dulzonas con gran frecuencia.
A veces me parecía que estaba atormentada conmigo. Me daba vueltas alrededor. Me buscaba si yo me había escondido en algún rincón. Cuando me veía reír o interesarme en la conversación de cualquier otro personaje de la casa, se volvía humilde en sus palabras. Se sentaba a mi lado y apoyaba a la fuerza mi cabeza contra su pecho. A mí me dolía el cuello, pero, sujeta por si mano, así tenía que permanecer, mientras ella me amonestaba dulcemente. Cuando, por el contrario, le parecía yo triste o asustada, se ponía muy contenta y se volvía autoritaria.
Otras veces me avergonzaba secretamente al obligarme a salir con ella. La veía encasquetarse un fieltro marrón adornado por una pluma de gallo, que daba a su dura fisonomía un aire guerrero, y me obligaba a ponerme un viejo sombrero azul sobre mi traje mal cortado. Yo no concebía entonces más resistencia que la pasiva. Cogida de su brazo, corría las calles, que me parecían menos brillantes y menos fascinadoras de lo que yo había imaginado.


Entre visillos por Carmen Martín Gaite
Al final del Capitulo II
Pg. 37

Oí acercarse un tren. Me lo sentí llegar vertiginosamente por la espalda, y me quedé muy quieto esperándolo. Luego lo vi aparecer debajo de mí y alejarse estruendosamente con sus vagones retemblantes y me escupió a la cara una bocanada de humo denso y rojo. Cerré los ojos. Todo el puente se había quedado retumbando. Cuando los abrí, el tren ya iba muy lejos con su luz encarnada. Una pareja de novios se había acodado junto a mí y miraban alejarse el tren con las caras muy juntas, los brazos cruzados por detrás, extasiados. “Es el de Portugal, ¿sabes, mi vida?” Ni me habían visto. Les tuve envidia.
Me separé de allí y me di cuenta de que estaba muy fatigado, de que necesitaba encontrar una pensión para dormir aquella noche.


Los hijos muertos por Ana Maria Matute
Capitulo IV en el medio
Pg. 86

El pájaro gris bajó al otro día, de nuevo, rondando los muros de La Encrucijada: “Verónica, vámonos al bosque”. ¡Que les buscaran durante todo el día, que les persiguiera al recelo y la desconfianza, la ira, las amenazas! –“Haraganes: ¿Dónde anduvisteis?”-. En el claro del bosque de Oz, entre la neblina y el sol tamizado por las hojas, como el polvo de oro de un sueño vivo, palpable, el río bajaba entre los helechos y las piedras, al borde de los troncos. En el río, Verónica brillaba, partidas las rodillas por el agua negra. Dorada, rotunda, en una sola pieza. El vello de Verónica era rubio, insólito, y el río la envolvía en su luz despaciosa. Todo, tal vez, lo hubiera perdonado Isabel. Todo, menos el amor. Amor, para ella, no existía más que dentro de sus muros, hacia dentro de ella. No amaba la tierra que no le pertenecía.

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